
Soy de los que piensa que el crecimiento es una condición necesaria pero no suficiente para alcanzar el desarrollo. Una cosa es aumentar de forma sostenida el ingreso de las personas y otra muy distinta mejorar íntegramente sus condiciones de vida, es decir, hacerlas más felices. Para esto último las personas necesitan además de ingresos, seguridad laboral, salud, educación, protección social y una buena dosis de emociones positivas generalmente enraizadas en las relaciones afectivas y en la convivencia armónica con la comunidad y la naturaleza.
Desde que las Naciones Unidas publicara una guía internacional para el registro y análisis de las cuentas nacionales en 1947, los economistas han vinculado el bienestar de un país a su producto interno bruto (PIB), más específicamente, al crecimiento de este indicador. Aunque desde un principio voces disidentes alertaron sobre las inconveniencias de este matrimonio, no fue hasta fines del siglo pasado cuando surgieron alternativas prácticas al uso del crecimiento como medida de bienestar.
Por un lado, basándose en las ideas del ganador del Premio Nobel Amartya Sen, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) construyó el primer índice de desarrollo humano combinando mediciones de ingreso, salud y educación. Por otro, la experiencia de años de investigación de psicólogos, economistas y sociólogos permitió desarrollar indicadores de felicidad a partir de encuestas de bienestar subjetivo realizadas a las personas. Es de este último esfuerzo que surge una economía de la felicidad.
Concretamente, la economía de la felicidad es la rama de la ciencia económica que estudia el bienestar de las personas a través del uso combinado de las metodologías de análisis de los economistas y los psicólogos (Graham, 2005). Para los economistas, el bienestar se mide de forma objetiva partiendo de las elecciones y preferencias de los consumidores. Para los psicólogos, el bienestar es subjetivo y se estima tomando como referencia la visión que tienen las personas sobre sus propias vidas o, al menos, sobre una parte de ellas (Powdthavee, 2007).
Consecuentes con su enfoque, los psicólogos fueron los primeros en realizar encuestas de bienestar subjetivo, construyendo indicadores de felicidad que priorizaron lo afectivo, es decir, las oscilaciones diarias en las emociones humanas. Dado sus intereses, utilizaron estos indicadores para correlacionarlos con características particulares de las personas como su salud (Goldings, 1954), su memoria (Balatsky y Diener, 1993), su manejo del estrés (Shedler et al, 1993) y su propensión a sufrir problemas cardíacos (Sales y House, 1971).
Los economistas, por su parte, contrastaron los indicadores de bienestar subjetivo con variables económicas como el ingreso per cápita, lo que abrió las puertas para un análisis de felicidad a nivel de los países. Un inesperado resultado del enfoque económico fue la observación de que, a partir de la Segunda Guerra Mundial, mientras el PIB de economías desarrolladas como Estados Unidos e Inglaterra se triplicó sus indicadores de felicidad apenas crecieron.
Esta realidad empírica, combinada con lo observado a lo interno de los países, llevó al economista norteamericano William Easterlin (1974) a descubrir una extraña paradoja: “en un momento cualquiera los individuos más ricos de una sociedad son más felices que los más pobres; pero en el tiempo una sociedad por ser más rica que otra no se vuelve necesariamente más feliz”.
La paradoja de Easterlin puso el dedo sobre la llaga. Aunque en una sociedad pobre con gran parte de la población en estado de privación, más ingreso generalmente significa más felicidad, en sociedades afluentes el ingreso puede crecer sin efecto alguno sobre el bienestar subjetivo de las personas. En efecto, el vínculo crecimiento-bienestar que la economía daba por sentado parece romperse a partir de un cierto nivel de ingreso.
Para ilustrar este punto, observemos la Figura 1, que presenta un diagrama de dispersión basado en datos recopilados por Easterlin y O’Connor (2022). Este gráfico muestra la relación entre la tasa de crecimiento promedio anual, durante los últimos cuarenta años disponibles, de aproximadamente 25 economías industrializadas y la tasa de crecimiento promedio anual de un indicador de satisfacción personal con la vida de los habitantes de esos países en periodos comparables.

La Figura 1 muestra claramente que una mayor tasa de crecimiento promedio anual en los países desarrollados no necesariamente indica que los habitantes de estos países tienen un nivel mayor de satisfacción con sus vidas, es decir, se sienten más felices. En lenguaje económico, como apuntaba Easterlin, más crecimiento no necesariamente genera más bienestar. De hecho, lo que sugiere su famosa paradoja es que la relación crecimiento-bienestar se mantiene hasta un punto en la escala de ingreso per cápita, a partir del cual tiende a estancarse o incluso a caer. Este patrón de comportamiento se representa en la figura 2.

Con el trabajo seminal de Easterlin, una gran parte de la profesión comienza a hacerse preguntas difíciles, ¿debería entonces sustituirse la medición objetiva de bienestar que es el PIB por una medición subjetiva como sería un indicador de felicidad? o, en su defecto, ¿convendría mantener la visión objetiva del bienestar de los economistas y complementarla con la visión subjetiva de los psicólogos?
La respuesta a estas preguntas requiere entender más profundamente el porqué de la diferencia de visiones en la medición del bienestar. La visión objetiva de los economistas, basada en el utilitarismo del inglés Jeremy Bentham (1789), ve el bienestar de las personas como el resultado de un consumo racional de bienes y servicios. El consumidor de la economía neoclásica sabe lo que le conviene y lo que no. Por tanto, su decisión de consumir (sujeta a una restricción de ingresos) revela sus preferencias; define las cosas que le dan mayor o menor satisfacción.
La visión subjetiva de los psicólogos, por otro lado, puede ser rastreada hasta los sabios griegos, en particular hasta Aristóteles que veía la felicidad como un balance entre el consumo de bienes externos (para el cuerpo) e internos (para el alma), solo alcanzable mediante el uso y la práctica de la razón (Manfredi, 2022). En esta visión, el consumidor de bienes externos es un humano cualquiera, con sus luces y sus sombras. Su consumo no revela información particularmente importante. No define nada. Para saber lo que le satisface, es necesario preguntárselo.
Las consecuencias empíricas de adoptar una u otra visión son relevantes. Si se tiene una visión objetiva, el PIB sería el indicador de bienestar por excelencia. Si, por el contrario, la visión es subjetiva, los indicadores de felicidad construidos en base a encuestas son la herramienta ideal. La economía de la felicidad se ha enfocado principalmente en la elaboración de estos últimos y en su asociación estadística con variables económicas, sociales y emocionales.
Esta literatura empírica ha identificado numerosos factores de influencia en la felicidad de las personas (Layard 2010). Los más importantes se asocian a la satisfacción que las personas tienen con: 1) su vida personal y familiar; 2) su situación financiera; 3) el entorno laboral donde se desempeñan; 4) la comunidad donde viven; 5) su salud; y 6) la libertad política a la que tienen acceso.
En la medida en que la economía de la felicidad ha perfeccionado sus técnicas de investigación y ha aumentado su conocimiento sobre el bienestar subjetivo de las personas, voces autorizadas, como es el caso del profesor inglés Richard Layard y el economista estadounidense Jeffrey Sachs, han promovido activamente lo que se conoce como el Gran Principio de la Felicidad. Esto es la creencia de que el último objetivo de cualquier política pública debe ser brindar la mayor felicidad posible a la mayor cantidad de ciudadanos que conforman una sociedad.
Si se asume este principio como válido, el indicador por excelencia para medir el éxito de cualquier estrategia de desarrollo debería ser un índice de felicidad. Esto no quiere decir que el crecimiento, definido como aumento del ingreso nacional, no sea relevante en la medición del bienestar. Lo que significa es que es solo un componente en el conjunto de factores que determina la felicidad. El crecimiento sería entonces, como cuando comenzamos, una condición necesaria para el desarrollo, pero la suficiencia solo se logrará con la felicidad. Crecer, pero para ser felices podría ser una consigna. La economía tendrá la última palabra.
REFERENCIAS
- Abella, C. L. B. (2010). Amartya Sen y el desarrollo humano. Memorias, 8(13), 277-288.
- Balatsky, G., & Diener, E. (1993). Subjective well-being among Russian students. Social Indicators Research, 28, 225-243.
- Bos, F. (1993). Standard national accounting concepts, economic theory and data compilation issues; on constancy and change in the UN-Manuals on national accounting (1947, 1953, 1968, 1993). Economic Theory and Data Compilation Issues.
- Easterlin, R. A., & O’Connor, K. J. (2022). The easterlin paradox. In Handbook of labor, human resources and population economics (pp. 1-25). Cham: Springer International Publishing.
- Easterlin, R. A. (2003). Happiness and economics: How the economy and institutions affect well-being.
- Easterlin, R. A. (1974). Does economic growth improve the human lot? Some empirical evidence. In Nations and households in economic growth (pp. 89-125). Academic press.
- Frey, B. S. (2010). Happiness: A revolution in economics. MIT press.
- Graham, C. (2005). The economics of happiness. World economics, 6(3), 41-55.
- Goldings, H. J. (1954). On the avowal and projection of happiness. Journal of Personality.
- Kuznets, S. (1956). Quantitative aspects of the economic growth of nations: I. Levels and variability of rates of growth. Economic development and cultural change, 5(1), 1-94.
- Layard, R. (2010). The greatest happiness principle: Its time has come. CESifo DICE Report, 8(4), 26-31.
- Manfredi, M. (2022). (Material) Well-Being in Economics: Beyond GDP. In Happiness and Wellness-Biopsychosocial and Anthropological Perspectives. IntechOpen.
- Powdthavee, N. (2007). Economics of happiness: a review of Literature and applications. Southeast Asian Journal of Economics, 51-73.
- Sales, S. M., & House, J. (1971). Job dissatisfaction as a possible risk factor in coronary heart disease. Journal of chronic diseases, 23(12), 861-873.
- Shedler, J., Mayman, M., & Manis, M. (1993). The illusion of mental health. American psychologist, 48(11), 1117.










