
“En sectores donde la productividad no puede acelerarse, los costos tienden a crecer a medida que la economía progresa.”
— William J. Baumol
Hay una pregunta que reaparece cada cierto tiempo en el debate público dominicano: ¿por qué, si la economía crece, los servicios públicos parecen cada vez más caros?
Educación, salud, transporte urbano, justicia… todos consumen una proporción creciente del presupuesto. A veces se culpa a la ineficiencia. Otras veces, a la mala administración. Sin embargo, existe una explicación más profunda y estructural que rara vez se menciona: la llamada “Enfermedad de Baumol”, formulada por el economista William Baumol, pionero de la economía de los “mercados contestables”, economía del emprendimiento.
Este fenómeno describe algo aparentemente paradójico. Cuando la productividad aumenta en sectores como la manufactura o la tecnología, los salarios tienden a subir en toda la economía. Pero en sectores como la música —y por extensión la educación, la salud o la justicia— la productividad no puede crecer al mismo ritmo.
Y ahí comienza el fenómeno.
El ejemplo clásico de Baumol
Baumol utilizó un ejemplo brillante.
Imaginemos un cuarteto de cuerdas en el año 1820 interpretando una pieza de Mozart. Se necesitan cuatro músicos y alrededor de cuarenta minutos para tocarla. Ahora imaginemos ese mismo cuarteto en 2025. Se siguen necesitando cuatro músicos y aproximadamente cuarenta minutos.
En dos siglos, la tecnología transformó fábricas, comunicaciones, transporte y agricultura. Pero una obra musical no puede tocarse en la mitad del tiempo sin destruirla. Su productividad es, esencialmente, la misma.
Compárese esto con una fábrica moderna. En 1820 producir cierta cantidad de bienes requería muchos trabajadores y largas jornadas. En 2025, gracias a la automatización y a mejoras organizativas, un solo trabajador puede producir varias veces más en el mismo tiempo.
Aquí sí hay un salto de productividad.
El problema surge porque los salarios no permanecen aislados por sector. Cuando los sectores dinámicos pagan más, el resto de la economía ajusta. Pero si la productividad no acompaña ese ajuste salarial, el costo del servicio aumenta.
El mecanismo invisible
En una economía integrada, los salarios tienden a moverse de forma conjunta. Si las zonas francas, la banca, las telecomunicaciones o el turismo pagan mejores remuneraciones, los maestros, médicos y jueces también aspirarán a ellas. Y con razón.
Sin embargo, si en educación o salud la productividad no crece al mismo ritmo, el costo por estudiante aumenta, el costo por paciente aumenta y el costo del sistema judicial también.
No necesariamente por ineficiencia, sino porque la estructura productiva del país está cambiando.
En las últimas décadas, la República Dominicana ha experimentado transformaciones profundas. El turismo se expandió, las zonas francas se modernizaron y los servicios financieros crecieron. Esto permitió un aumento sostenido del ingreso per cápita.
Esa es una excelente noticia. Pero al mismo tiempo, el gasto en educación, salud, subsidios al transporte urbano y salarios del sector público también aumentó. Y esto no es contradictorio, es coherente con una economía que se desarrolla.
El caso del transporte
El Metro de Santo Domingo ofrece un ejemplo concreto. Es infraestructura moderna, eficiente y necesaria para una ciudad en expansión.
Sin embargo, su operación requiere personal permanente, mantenimiento constante y subsidios operativos. La productividad del sistema no puede multiplicarse como la de una empresa tecnológica.
Si el subsidio desapareciera, el precio del pasaje tendría que subir de manera significativa.
Lo mismo ocurre con hospitales y escuelas públicas, son servicios intensivos en trabajo humano, donde la automatización tiene límites naturales.
Entonces… ¿es un problema?
No necesariamente. En parte, es una señal de desarrollo.
A medida que un país se vuelve más rico, aumenta la demanda de servicios, mejora la valoración de la calidad, se exigen mejores salarios y se amplía la cobertura social.
El desafío no es eliminar el fenómeno, algo prácticamente imposible, sino administrarlo con inteligencia. Eso implica mejorar la gestión, incorporar tecnología donde realmente agregue valor, reasignar el gasto con criterio estratégico y planificar con visión de largo plazo.
Una reflexión final
Con frecuencia analizamos el gasto público dominicano como si fuera únicamente un problema de disciplina fiscal o voluntad política.
Pero existen fuerzas estructurales operando por debajo. La Enfermedad de Baumol nos recuerda algo fundamental, cuando un país crece, también se encarecen inevitablemente los servicios intensivos en trabajo humano.
La cuestión no es por qué suben los costos. La verdadera cuestión es cómo diseñamos instituciones capaces de sostenerlos sin comprometer la estabilidad fiscal.
Y esa es una conversación que el país necesita dar con mayor profundidad.








