
-Por Oscar Iván Pascual Vásquez y Jhan Ortega
En la primera entrega de este artículo definimos Ingreso Básico Universal (IBU), y la postulamos como una posible solución al problema que representa la combinación de una mano de obra cada vez más envejeciente y la creciente automatización de la producción por medio de la robótica e inteligencia artificial. Asimismo, presentamos ejemplos previos de programas similares, y vimos que, hasta la fecha, ninguno cumple con las características de universalidad e incondicionalidad plenas. En esta segunda parte, usando el diagrama de flujo circular, hipotetizamos sobre cómo operaría una economía sin mano de obra y las potenciales repercusiones económicas, sociales, culturales y psicológicas que plantean un escenario de esta naturaleza.
En principio, en un mundo con la producción completamente automatizada y sin un IBU, la oferta de bienes y servicios seguiría allí, pero estos tendrían dificultades para circular a través de la economía en ausencia de una demanda suficiente por parte de los hogares (figura 2: diagrama de flujo circular con automatización total y sin IBU). Aunque los hogares continuarían percibiendo los ingresos correspondientes al capital, la tierra y el emprendimiento, estos estarían tan concentrados que contradirían el postulado de la economía clásica conocido como la Ley de Say, que establece que la oferta crea su propia demanda. Una posible respuesta a esa situación sería el cobro de un elevado impuesto al capital y a las rentas para financiar un programa que impulse esa demanda agregada y mantenga la economía en movimiento.

Esta solución presenta al menos cinco problemas igualmente importantes. El primero es el riesgo de acumulación excesiva de poder en la clase política gobernante. Si no se crean contrapesos institucionales adecuados, quien controle de forma absoluta y centralizada el sustento de toda la ciudadanía tendría en sus manos una herramienta muy poderosa para manipular voluntades, castigar opositores y favorecer lealtades de forma discrecional. Un segundo inconveniente tiene que ver con el debilitamiento del poder de negociación de la población. Una ciudadanía reducida a beneficiarios de un IBU y meros consumidores podría encontrarse en una marcada desventaja a la hora de reclamar derechos sociales, económicos y democráticos ante el gobierno o los propietarios del capital.
Un tercer aspecto que considerar es el riesgo inflacionario producto del posible desacoplamiento entre una demanda “garantizada” por el IBU y una oferta automatizada pero vulnerable a ciberataques, disrupciones eléctricas, conflictos bélicos o escasez de microprocesadores y otros componentes electrónicos. El cuarto posible cuestionamiento es el problema clásico de los incentivos y la meritocracia. Si quienes poseen el capital entienden que su iniciativa y emprendimiento están siendo “castigados” injustamente para subsidiar a un amplio segmento de la población carente de méritos, podrían reducirse los incentivos a invertir, innovar, asumir riesgos y ser más productivos.
Por último, una dimensión más filosófica de un mundo como el descrito es la posible crisis de sentido e identidad como resultado de la ausencia del trabajo. Si bien muchos individuos podrían beneficiarse de más tiempo libre y orientarlo hacia la educación, el arte, el deporte, la ciencia, el cuidado familiar o emprendimientos creativos, otros podrían experimentar desorientación, aislamiento, apatía o pérdida de autoestima. La transición desde una sociedad organizada alrededor del concepto de “trabajar para vivir” a un modelo social con más ocio y libertad puede ser compleja e, incluso traumática.
Si bien la posibilidad de una producción nacional completamente automatizada luce remota, el ritmo exponencial al que avanzan la inteligencia artificial y la robótica, el declive de la remuneración de la mano de obra como proporción del ingreso nacional y las tendencias en materia de fertilidad y envejecimiento de la población hacen necesario pensar desde ya en la pertinencia de un IBU y su diseño institucional. ¿Cuáles mecanismos evitarían el abuso o uso indebido por parte de la clase política de una herramienta tan poderosa? ¿Cómo luciría la estructura tributaria que lo financiaría preservando los incentivos a producir, invertir e innovar? ¿Cuál sería su interacción con la política monetaria y el sistema financiero? ¿Se entregaría a todos los ciudadanos, sólo a adultos, o también a menores a través de sus tutores?
Como ocurrió con Malthus, es posible que los pronósticos más dramáticos sobre la automatización y el desempleo masivo nunca se materialicen. Pero también es posible que, aun sin catástrofe, estemos frente a una transformación lo suficientemente profunda como para repensar la manera en que distribuimos los frutos del progreso.










